Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Durante un tiempo, no llegaron más noticias de Leslie. Los días de mayo se fueron en dulce sucesión y las costas de Puerto Cuatro Vientos se llenaron de verde, de brotes y de púrpura. Un día de finales de mayo, cuando Gilbert llegó a su casa, encontró a Susan delante del establo.

—Me temo que algo ha conmocionado a su esposa, querido doctor —dijo ella, misteriosamente—. Ha recibido una carta esta tarde y desde entonces no ha hecho más que caminar por el jardín y hablar sola. Usted sabe que no es bueno para ella estar tanto tiempo de pie, querido doctor. Ella tampoco consideró oportuno decirme cuáles han sido las noticias, y yo no soy ninguna curiosa, querido doctor, nunca lo fui, pero es evidente que algo la ha conmocionado. Y no es bueno para ella conmocionarse.

Gilbert, bastante preocupado, fue en seguida al jardín. ¿Habría pasado algo en Tejas Verdes? Pero Ana, sentada en el asiento rústico junto al arroyo, no parecía perturbada, aunque sí se la veía muy excitada. Tenía los ojos más grises que nunca y un rubor escarlata le salpicaba las mejillas.

—¿Qué pasa, Ana?

Ana emitió una extraña risita.


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