Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Lo vi. Ahora recuerdo todo. Estuvo aquí visitando a su tío Abner hace dieciocho años, cuando él y Dick tendrían unos diecisiete. Eran primos por partida doble, sabes. Los padres eran hermanos y las madres eran hermanas mellizas, y se parecían increíblemente. Por supuesto —agregó la señorita Cornelia con desdén—, no era uno de esos parecidos de los que una lee en las novelas, donde dos personas son tan parecidas que una puede ocupar el lugar de la otra y ni siquiera sus más íntimos se dan cuenta. En aquellos días, una sabía perfectamente quién era George y quién era Dick, si se los veía juntos y de cerca. Separados, o de lejos, no era tan fácil. Ellos hicieron muchas bromas a la gente y les parecía muy gracioso; ¡vaya dos bribones! George Moore era un poquito más alto y bastante más «llenito» que Dick, aunque ninguno de los dos era lo que se llamaría «gordo», sino que eran los dos más bien delgados. Dick era más rubicundo que George y tenía el cabello un poco más claro. Pero los rasgos eran idénticos y los dos tenían esa cosa rara en los ojos: uno azul y el otro castaño. En lo demás no se parecían mucho.






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