Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos »Ay, Ana, ¡aquella noche de abril cuando Gilbert me dijo que pensaba que Dick podía curarse! Nunca la olvidaré. Me pareció que había estado prisionera en una horrible jaula de torturas y que la puerta se había abierto y me dejaban salir. Seguía encadenada a la jaula pero no adentro. Y aquella noche sentí que una mano despiadada me arrastraba otra vez dentro de la jaula, de vuelta a una tortura aún más terrible que la anterior. No culpé a Gilbert. Sentí que había actuado bien. Y fue muy bueno; me dijo que, en vista de los gastos y de lo inseguro del resultado de la operación, si yo decidía no correr el riesgo, él no me culparía en lo más mínimo. Pero yo sabía qué tenía que decidir y no podía soportarlo. Anduve por la casa toda la noche como una loca, tratando de obligarme a enfrentarlo. No podía, Ana, pensé que no podía, y cuando llegó la mañana, apreté los dientes y decidí que no lo haría. Dejaría que las cosas siguieran como estaban. Era una mala acción, lo sé. Habría sido un buen castigo para semejante maldad, si hubiera seguido adelante con esa decisión. Me mantuve en ella todo el día.