Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Ya no existe la jaula —repitió Leslie, absorta, arrancando briznas de hierba con sus dedos largos y bronceados—. Pero me da la sensación de que no hay nada más, tampoco, Ana. ¿Te… te acuerdas de lo que te conté sobre aquella locura mÃa, aquella noche en el banco de arena? He descubierto que es difÃcil recuperarse de las propias tonterÃas. A veces pienso que hay personas que son tontas para siempre. Y ser una tonta de ese tipo, es casi tan malo como ser un perro atado a una cadena.
—Te sentirás muy diferente cuando se te pasen el cansancio y el asombro —dijo Ana, quien, conocedora de cierta información que Leslie ignoraba, no se sentÃa llamada a sentir mucha compasión.
Leslie apoyó la espléndida cabeza dorada sobre la rodilla de Ana.
—Al menos te tengo a ti —dijo—. La vida no puede ser del todo vacÃa con una amiga como tú. Ana, acarÃciame la cabeza como si fuera una niña pequeña, hazme un poquito de mamá, y déjame que te diga, ahora que mi necia lengua está un poco suelta, lo que tú y tu amistad han significado para mà desde la noche en que te encontré en la costa de rocas.