Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Media hora después, Gilbert corrÃa por la sala y golpeaba a la puerta de la habitación de huéspedes. Una voz soñolienta le respondió y, al momento, la cara pálida y asustada de Marilla lo miraba desde detrás de la puerta.
—Marilla, Ana me manda a decirte que acaba de llegar un joven caballerito. No ha traÃdo mucho equipaje, pero evidentemente tiene intenciones de quedarse.
—¡Por todos los santos! —dijo Marilla, azorada—. No me estarás diciendo, Gilbert, que ya está. ¿Por qué no me habéis llamado?
—Ana no ha querido que te molestáramos. No llamamos a nadie hasta hace dos horas. Esta vez no ha habido peligro.
—Y… y, Gilbert, ¿vivirá este niño?
—Sà que vivirá. Pesa cuatro kilos y… escúchame: no tiene problemas en los pulmones. La enfermera dice que será pelirrojo. Ana está furiosa con ella y yo me muero de risa.
Fue un dÃa maravilloso en la casita de los sueños.
—El mejor sueño de todos se ha hecho realidad —dijo Ana, pálida y feliz—. Ay, Marilla, casi no me atrevo a creerlo después de aquel dÃa tan horrible del verano pasado. Desde entonces me ha dolido el corazón, pero ya no.