Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Este niño ocupará el lugar de Joy —dijo Marilla.
—Ah no, no, no, Marilla. No puede, nadie podrá jamás. Mi hombrecito tiene su propio lugar. Pero la pequeña Joyce tiene el suyo y siempre lo tendrá. Si hubiera vivido, tendrÃa más de un año. EstarÃa dando tumbos sobre sus piececitos y balbuceando algunas palabras. La veo con tanta claridad, Marilla. Ah, ahora sé que el capitán Jim tenÃa razón cuando dijo que Dios no permitirÃa que mi niña fuera una desconocida para mà cuando la encuentre en el Más Allá. Pero eso lo he aprendido este último año. He seguido sus progresos dÃa a dÃa y semana a semana, y lo haré siempre. Sabré cómo crece de un año al otro y, cuando vuelva a encontrarme con ella, la conoceré, no será una extraña. Ah, Marilla, ¡mira esos deditos! ¿No te parece extraño que sean tan perfectos?
—SerÃa extraño que no lo fueran —dijo Marilla, tajante. Ahora que todo riesgo habÃa pasado, Marilla era la misma de siempre.
—Ah, ya sé, pero me parece que no podrÃan estar terminados, ¿me entiendes?, pero lo están, hasta las uñitas. Y las manos, mÃrale las manitas, Marilla.
—En mi opinión, parecen manos —admitió Marilla.