Ana y la casa de sus suenos

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—Mira cómo me agarra el dedo. Estoy segura de que ya me conoce. Llora cuando la enfermera se lo lleva. Ah, Marilla, ¿verdad que tú no crees que vaya a tener el pelo rojo?

—No veo mucho pelo, de ningún color —dijo Marilla—. Pero yo no me preocuparía por eso, si fuera tú, hasta que sea visible.

—Marilla, tiene pelo, mira esa pelusita en toda la cabeza. De todos modos, la enfermera dice que tendrá los ojos color almendra y la frente es idéntica a la de Gilbert.

—Y tiene unas orejitas preciosas, querida señora —dijo Susan—. Lo primero que hice fue mirarle las orejas. El cabello es engañoso y las narices y los ojos cambian y nunca se sabe en qué pueden terminar, pero las orejas son las orejas desde el principio hasta el fin, y una siempre sabe a qué atenerse con ellas. Mírele la forma, y las tiene bien pegaditas a la cabeza. Nunca va a tener que avergonzarse por sus orejas, querida señora.




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