Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La convalecencia de Ana fue rápida y feliz. La gente iba y adoraba al niño, como toda la gente que se ha inclinado ante la majestad de un recién nacido mucho antes de que los Reyes Magos del Oriente se arrodillaran para adorar al Niño Jesús en el pesebre de Belén. Leslie, que lentamente iba encontrándose a sà misma en su nuevo ambiente, rondaba alrededor de él como una hermosa Madonna de cabellos dorados. La señorita Cornelia lo cuidaba con tanta habilidad como cualquier madre de Israel. El capitán Jim sostenÃa a la criaturita con sus grandes manazas y lo miraba con ternura, con ojos que veÃan al hijo que él nunca habÃa tenido.
—¿Cómo lo vais a llamar? —preguntó la señorita Cornelia.
—Ana ya ha elegido el nombre —respondió Gilbert.
—James Matthew, por los dos hombres más maravillosos que he conocido, incluyéndote a ti —dijo Ana, con una divertida mirada hacia Gilbert.
Gilbert sonrió.
—No conocà mucho a Matthew; él era tan tÃmido que nosotros, los niños, no pudimos hacernos amigos de él, pero estoy de acuerdo contigo en que el capitán Jim es una de las almas más selectas y nobles que Dios ha revestido de arcilla humana. Se siente tan feliz porque le hayamos puesto su nombre a nuestro muchachito… Parece que no tiene a nadie más que se llame como él.