Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos El capitán Jim no tenía pescado. Rara vez salía en el bote aquel verano y sus expediciones a pie habían terminado. Pasaba buena parte de su tiempo sentado junto a una ventana que daba al mar, mirando el golfo, con la cabeza cada vez más llena de canas apoyada sobre una mano. Aquella noche estuvo sentado allí varios minutos cumpliendo varias citas con el pasado que Ana no quiso interrumpir. Al cabo de un rato señaló el arco iris.
—Es hermoso, ¿no, señora Blythe? Pero me gustaría que hubiera visto el amanecer esta mañana. Fue algo maravilloso, maravilloso. Yo he visto todo tipo de amaneceres sobre ese golfo. He estado en todo el mundo, señora Blythe, y lo he observado todo, y jamás he visto nada más hermoso que un amanecer en verano sobre ese golfo. Un hombre no puede elegir el momento de su muerte, señora Blythe, tiene que irse cuando el Gran Capitán le da la orden de zarpar. Pero si yo pudiera, me iría cuando la mañana llega por encima de esas aguas. Lo he mirado muchas veces y he pensado lo que sería pasar a través de esa gran gloria blanca hacia lo que sea que nos espera más allá, en un mar para el que no hay cartas marinas sobre la Tierra. Creo, señora Blythe, que allí encontraré a la perdida Margaret.
El capitán Jim a menudo le hablaba a Ana de la perdida Margaret desde que le había contado la antigua historia. Su amor por ella temblaba en el tono de su voz, ese amor que jamás había desfallecido.