Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos »—Vas a hacer lo que te digo, hijo —le dijo Marshall—, o te acostaré boca abajo sobre mis rodillas y te daré una de esas palizas que tu madre se olvidó de darte.
»Y se la hubiera dado, y Gus lo sabÃa, porque Marshall es fuerte como un toro y Gus es un alfeñique. Asà que se rindió, llevó a Marshall al negocio y se puso a trabajar.
»—Ahora bien, yo voy a afeitarte —le dice—, pero si me dices una sola palabra sobre los liberales mientras estoy trabajando, te corto el pescuezo con esta navaja.
»Uno nunca hubiera dicho que el pequeño Gus podÃa ser tan sanguinario, ¿no? Eso demuestra lo que puede hacerle la polÃtica a un hombre. Marshall guardó silencio, se hizo afeitar la barba y cortar el pelo y se fue a su casa. Cuando su vieja ama de llaves lo oyó subir, miró por la puerta del dormitorio para ver si era él o el muchacho que trabaja en la casa. Y cuando vio a un desconocido caminando por la sala con una vela en la mano dio un alarido y cayó desmayada al suelo. Tuvieron que mandar a buscar al doctor para reanimarla; pasaron varios dÃas antes de que pudiera mirar a Marshall sin estremecerse.