Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Tejas Verdes fue una casa rumorosa y feliz esa mañana. Diana llegó temprano, con el pequeño Fred y la pequeña Ana Cordelia, para ayudar. Davy y Dora, los mellizos de Tejas Verdes, se llevaron a los niños al jardín.

—Cuidad que la pequeña Ana Cordelia no se ensucie la ropa —les advirtió Diana, ansiosa.

—Puedes quedarte tranquila si se la confías a Dora —dijo Marilla—. Esa chica es más sensata y cuidadosa que la mayoría de las madres que conozco. Es realmente una maravilla en algunas cosas. No tiene mucho que ver con esa otra atolondrada que crié.

Marilla sonrió a Ana por encima de la ensalada de pollo. Uno podía sospechar que prefería a la atolondrada, después de todo.

—Los mellizos son muy buenos niños —dijo la señora Rachel cuando estuvo segura de que no podían oírla—. Dora es toda una mujercita, siempre dispuesta a ayudar, y Davy se está convirtiendo en un muchachito muy inteligente. Ya no es tan travieso como antes.

—Nunca estuve tan ocupada en toda mi vida como los primeros seis meses que ese niño estuvo aquí —admitió Marilla—. Después, supongo que me acostumbré a él. Últimamente ha aprendido mucho de labranza y quiere que el año que viene lo deje llevar la granja. Tal vez lo haga; el señor Barry no tiene muchas ganas de seguir arrendándola y tendremos que hacer algo.


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