Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Al parecer, no tienen idea de que existe un aparato llamado reloj —dijo Gilbert—. No acabo de entender este asunto. Estoy seguro de que han movido algunos hilos. Pero Ana, como desobediente esposa que es, no quiere decirme nada. ¿Me lo dirá usted, señorita Cornelia?
—No, no lo haré. Pero les diré otra cosa —dijo la señorita Cornelia con el aire de alguien decidido a tirarse al agua y terminar de una vez por todas—. He venido con el propósito de decÃrselo. Voy a casarme.
Ana y Gilbert permanecieron en silencio. Si la señorita Cornelia hubiera anunciado su intención de sumergirse en las aguas del canal y ahogarse, el proyecto podrÃa haber resultado creÃble. Éste no. De modo que esperaron. Era evidente que la señorita Cornelia habÃa cometido un error.
—Bien, los dos parecen bastante confundidos —dijo la señorita Cornelia con un destello en los ojos. Ahora que el incómodo momento de la revelación habÃa pasado, la señorita Cornelia volvÃa a ser la de siempre—. ¿Les parece que soy demasiado joven e inexperta para el matrimonio?
—Es que… es bastante inesperado —dijo Gilbert, tratando de recomponerse—. La he oÃdo decir mil veces que no se casarÃa ni con el mejor hombre de la Tierra.