Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—A mí me gustan los hombres perseverantes —replicó la señorita Cornelia—. Amos Grant, que me cortejaba hace mucho, no lo era. No había hombre más veleta. Una vez se tiró al estanque para ahogarse pero cambió de idea y salió nadando. ¿No es típico de un hombre? Marshall se hubiera mantenido en sus trece y se hubiera ahogado.

—Y tiene bastante carácter, me han dicho —insistió Gilbert.

—No sería un Elliott, si no lo tuviera. Doy gracias porque lo tenga. Será verdaderamente divertido ponerlo furioso. Y una, por lo general, puede conseguir algo con un hombre temperamental, llegado el momento de los arrepentimientos. Pero no se consigue nada con un hombre que mantiene la placidez, es exasperante.

—Usted sabe que es liberal, señorita Cornelia.

—Sí, lo es —admitió la señorita Cornelia con algo de pena—. Y no hay, por supuesto, esperanza de hacer de él un conservador. Pero al menos es presbiteriano. De modo que supongo que deberé conformarme con eso.

—¿Se casaría con él si fuera metodista, señorita Cornelia?

—No, no me casaría. La política es de este mundo, pero la religión es de los dos mundos.

—Y podrá llegar a ser una «extinta esposa», señorita Cornelia.


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