Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Bien, es un lugar precioso, de modo que probablemente encuentre comprador —dijo Ana, con aire ausente, preguntándose si debÃa hacerle vainica o punto de ParÃs a la ropa «corta» del pequeño Jem. Le quitarÃan la ropa larga de bebé a la semana siguiente y Ana tenÃa ganas de llorar sólo de pensarlo.
—¿Y si la compramos, Ana? —dijo Gilbert con voz queda. Ana bajó la costura y lo miró.
—¿Hablas en serio, Gilbert?
—Por supuesto que sÃ, querida.
—¿Y dejar este lugar tan querido, nuestra casa de los sueños? —dijo Ana, incrédula—. Ay, Gilbert, es… ¡es inconcebible!
—Escúchame con paciencia, querida. Yo sé cómo quieres esta casa. Yo también la quiero. Pero supimos desde un principio que algún dÃa tendrÃamos que mudarnos.
—Ah, pero no tan pronto, Gilbert, no todavÃa.