Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Se sentaron alegremente alrededor de la mesa. El fuego del hogar alejaba el frío de la noche de septiembre, pero la ventana del comedor estaba abierta y la brisa del mar entraba libremente en la habitación. La vista era espléndida: abarcaba el puerto y toda la curva de las colinas bajas y purpúreas. La mesa estaba repleta de delicias preparadas por la esposa del doctor pero la piéce de résistance era, sin duda, la gran bandeja de truchas de mar.

—Supuse que las encontrarían sabrosas después del viaje —dijo el capitán Jim—. No hay truchas más frescas, señora Blythe. Hace dos horas nadaban en el Glen Pond.

—¿Quién cuida el faro esta noche, capitán Jim? —preguntó el doctor Dave.

—Mi sobrino, Alee. Lo entiende tan bien como yo. Bueno, me alegro muchísimo de que me hayan invitado a cenar. Tengo mucha hambre; hoy no he comido casi nada.

—Yo creo que usted se mata de hambre en ese faro —dijo la esposa del doctor Dave con severidad—. No se toma la molestia de alimentarse como corresponde.

—Ah, no, me alimento, señora, me alimento —protestó el capitán Jim—. Caramba, si vivo como un rey. Anoche fui a Glen y me traje un kilo de carne. Iba a prepararme un almuerzo maravilloso hoy.

—¿Y qué pasó con esa carne? —preguntó la esposa del doctor Dave—. ¿La perdió camino de casa?


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