Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—No —dijo el capitán Jim, con timidez—. Anoche, tarde, apareció un pobre perrito que pedía alojamiento. Supongo que es de alguno de los pescadores de la costa. No podía echarlo, pobrecito, le dolían las patas. Entonces lo puse en el porche, con una bolsa vieja para que durmiera encima, y me fui a acostar. Pero no podía dormir. Me puse a pensar y me di cuenta de que el perro parecía hambriento.

—Así que se levantó y le dio la carne, toda su carne —dijo la esposa del doctor Dave, con una especie de reproche triunfal.

—Bueno, no tenía nada más para darle —dijo el capitán Jim, como disculpándose—. Nada que pueda gustarle a un perro. Y sí que tenía hambre, porque se la terminó en dos bocados. Dormí muy bien el resto de la noche, pero mi comida resultó un poco escasa: patatas y punto, digamos. Por la mañana, el perro se fue a su casa. Él no era vegetariano.

—¡A quién se le ocurre pasar hambre por un perro que no vale nada! —rezongó la esposa del doctor.



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