Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos El doctor Dave, que llevaba cuarenta años enemistado con la gente del otro lado del puerto, rió y se dio por vencido.
—¿Quién vive en esa casa color esmeralda brillante, a unos ochocientos metros camino arriba? —preguntó Gilbert. El capitán Jim sonrió, encantado.
—La señorita Cornelia Bryant. Seguramente vendrá a verlos cuando se entere de que son presbiterianos. Si fueran metodistas, no vendrÃa. Cornelia tiene un terror divino a los metodistas.
El doctor Dave sonrió.
—Es todo un personaje —dijo—. ¡Es enemiga acérrima de los varones!
—¿Resentimiento? —preguntó Gilbert, riendo.
—No, no es por resentimiento —respondió el capitán Jim, serio—. Cornelia pudo haber elegido a quien hubiera querido cuando era joven. Incluso ahora no tendrÃa más que abrir la boca para que los viejos viudos vinieran corriendo. Simplemente parece que nació con una especie de desprecio crónico por los hombres y los metodistas. Tiene la lengua más mordaz y el corazón más bondadoso de Cuatro Vientos. Dondequiera que haya problemas, allà va, a hacer lo que sea necesario para ayudar con gran ternura. Nunca le dice una palabra dura a otra mujer y, si quiere ponernos adjetivos a nosotros, los pobres bribones de los hombres, creo que nuestros viejos pellejos podrán soportarlo.