Ana y la casa de sus suenos

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—No tiene demasiados vecinos, señora Blythe —continuó el capitán Jim—. Este lado del puerto está muy poco poblado. Casi toda la tierra pertenece al señor Howard, que vive más allá de Glen, y la alquila para pastoreo. Pero el otro lado del puerto está lleno de gente, en especial de gente de la familia MacAllister. Hay toda una colonia de MacAllister. Si arroja una piedra, seguro que le da a alguno. Lo comentaba el otro día con el viejo León Blacquiere. Trabajó todo el verano en el puerto. «Son casi todos MacAllister —me dijo—. Está Neil MacAllister y Sandy MacAllister y William MacAllister y Alee MacAllister y Angus MacAllister, y creo que hay un Diablo MacAllister».

—Hay casi la misma cantidad de Elliott y Crawford —dijo el doctor Dave, cuando la risa se aplacó—. Sabes, Gilbert, nosotros, los de este lado de Cuatro Vientos, tenemos un dicho: «De la pedantería de los Elliott, el orgullo de los MacAllister y la vanagloria de los Crawford nos libre Dios».

—Hay buena gente entre ellos, sin embargo —dijo el capitán Jim—. Yo navegué con William Crawford muchos años, y en valor, resistencia y honestidad, ese hombre no tenía igual. Los del otro lado de Cuatro Vientos tienen cabeza. Tal vez por eso los critica la gente de este lado. Es extraño, ¿no?, cómo a algunas personas les molesta tanto que otras nazcan un poco más inteligentes que ellas.


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