Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos »El maestro se llamaba John Selwyn. Vino de Gran Bretaña a enseñar en una escuela de Glen cuando yo era un muchacho de dieciséis años. No tenía mucho que ver con la usual caterva de malos maestros que solían venir a enseñar a la Isla Príncipe Eduardo en aquellos tiempos. La mayoría eran borrachos que les enseñaban a los niños a leer, escribir y hacer cuentas cuando estaban sobrios y les pegaban cuando no lo estaban. Pero Selwyn era un joven agradable y bien parecido. Se alojaba en la casa de mi padre, y él y yo éramos camaradas, aunque él era diez años mayor. Leíamos, caminábamos y hablábamos mucho. Creo que había leído toda la poesía que se ha escrito y me recitaba poemas mientras caminábamos por la costa durante los atardeceres. A papá le parecía una pérdida de tiempo, pero lo soportaba, pues esperaba que así yo me olvidara de mi idea de embarcarme. Bien, nada podía lograrlo; mi madre venía de una raza de gente de mar de modo que era algo innato en mí. Pero me encantaba escuchar a John leer y recitar. Hace casi sesenta años de eso y todavía podría repetir varios versos que aprendí de él. ¡Casi sesenta años!
El capitán Jim guardó silencio por un instante, con la mirada en el resplandor del fuego, en busca de los tiempos idos. Luego, con un suspiro, retomó la historia.