Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —SÃ, soy la mejor por estos lares —dijo la señorita Bryant como de pasada—. ¡Y no es para menos! ¡Señor, he cosido más que si hubiera tenido cien hijos propios, créame! Supongo que soy una tonta, bordando a mano una prenda para un octavo hijo.
»Pero, Señor, querida señora Blythe, la criatura no tiene la culpa de ser el octavo hijo y yo querÃa que tuviera un traje realmente bonito, como si fuera de verdad un hijo deseado. Nadie lo desea, pobrecito, por eso hice un esfuerzo extra en sus cositas.
—Cualquier niño estarÃa orgulloso de ese vestido —dijo Ana, sintiendo con más fuerza aún que simpatizarÃa con la señorita Cornelia.
—Supongo que habrá pensado que no iba a venir nunca a visitarla —continuó la señorita Cornelia—. Pero es época de cosecha, sabe, y he estado ocupada, con tantos peones alrededor, comiendo más de lo que trabajan, como es tÃpico en los hombres. HabrÃa venido ayer, pero fui al funeral de la señora de Roderick MacAllister. Al principio pensé que, con el dolor tan fuerte de cabeza que tenÃa, no me iba a divertir nada. Pero ella tenÃa cien años y yo siempre me habÃa prometido que irÃa a su funeral.
—¿Fue una buena ceremonia? —preguntó Ana, que notó que la puerta del consultorio estaba entreabierta.