Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Es para la señora de Fred Proctor, de Glen —anunció—. Está esperando su octavo hijo en cualquier momento y no tiene nada hecho. Los otros siete gastaron todo lo que hizo para el primero, y no ha tenido tiempo, fuerza ni ánimo para hacer nada más. Esa mujer es una mártir, señora Blythe, créame. Cuando se casó con Fred Proctor yo sabía qué resultaría de ese matrimonio. Él era uno de esos hombres viles y fascinantes. Después de la boda, dejó de ser fascinante y se limitó a seguir siendo vil. Bebe y no se ocupa de su familia. ¿No es típico de un hombre? Si no fuera por la ayuda de los vecinos, no sé cómo podría la señora de Proctor vestir a sus hijos decentemente.

Según le dijeron después a Ana, la señorita Cornelia era la única vecina que se tomaba algún trabajo por la vestimenta decente de los jóvenes Proctor.

—Cuando me enteré de que vendría este octavo hijo, decidí hacerle algunas cosas —prosiguió la señorita Cornelia—. Esto es lo último y quiero terminarlo hoy.

—Es muy bonito —dijo Ana—. Traeré mi costurero y tendremos una pequeña reunión de costura entre las dos. Usted hace maravillas con la aguja, señorita Bryant.


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