Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Nadie que no fuera la señorita Cornelia habría ido a hacer una visita vestida con un delantal a rayas azules y blancas y un mantón de una tela color chocolate con un diseño de enormes rosas rosadas diseminadas aquí y allá. Y nadie que no fuera la señorita Cornelia habría lucido digna y adecuadamente vestida con semejante atuendo. De haber ido a un palacio a visitar a una princesa recién desposada, la señorita Cornelia habría parecido igualmente digna e igualmente dueña de la situación. Habría arrastrado su mantón salpicado de rosas por los suelos de mármol con la misma indiferencia y habría procedido con la misma calma a desengañar a la princesa haciéndole ver que la posesión de un mero hombre, ya fuera príncipe o campesino, no era algo de lo cual alardear.
—He traído mi labor, mi querida señora Blythe —comentó, desenvolviendo una delicada tela—. Tengo prisa por terminar esto, y no puedo perder ni un momento.
Ana miró algo sorprendida la prenda blanca extendida sobre el amplio regazo de la señorita Cornelia. Era, sin duda, un vestido de bebé, hermoso, con diminutos volantes y alforzas. La señorita Cornelia se acomodó los anteojos y se puso a bordar con primorosas puntadas.