Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Y la señorita Cornelia era. Lo que es más, la señorita Cornelia no había venido a hacer una breve visita a los recién casados, como enseñaban las buenas costumbres. Traía su labor bajo el brazo; era un paquete considerable; cuando Ana la invitó a sentarse, se quitó el gran sombrero que la protegía del sol y que, a pesar de las irreverentes brisas de septiembre, llevaba sujeto con una tirante banda elástica. ¡Nada de alfileres de sombrero para la señorita Cornelia, por favor! Las bandas elásticas le habían dado resultado a su madre y, por lo tanto, eran suficientes para ella. Tenía un rostro fresco, redondo, en tonos de rosado y blanco, y vivaces ojos castaños. No tenía en absoluto el aspecto tradicional de una solterona y había algo en su expresión que se ganó de inmediato la simpatía de Ana. Con su instintiva rapidez para discernir quién era un alma gemela, supo que simpatizaría con la señorita Cornelia, a pesar de inciertas rarezas de opinión y de ciertas rarezas de atuendo.