Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Tú, mi pequeña —dijo Gilbert, sonriéndole a los ojos. En aquel momento eran dos personas totalmente felices, sentados en el umbral de una casita blanca en la costa del Puerto de Cuatro Vientos.
Al fin Gilbert dijo, cambiando de tono:
—Lo que estoy viendo, ¿es un barco con las velas desplegadas que avanza hacia nosotros?
Ana miró y se puso en pie de un salto.
—Tiene que ser la señorita Cornelia Bryant o quizá la señora Moore, que viene de visita —dijo.
—Me voy al consultorio y, si es la señorita Cornelia, te advierto que pienso escuchar a escondidas —dijo Gilbert—. Por lo que he oÃdo de la señorita Cornelia, su conversación es cualquier cosa menos aburrida.
—Tal vez sea la señora Moore.
—No creo que la señora Moore tenga ese volumen. La vi trabajando en el jardÃn el otro dÃa y, aunque estaba demasiado lejos para verla con claridad, me pareció más bien delgada. No parece muy inclinada a entablar relaciones, ya que, a pesar de ser tu vecina más cercana, todavÃa no ha venido a visitarte.
—No puede ser como la señora Lynde, después de todo, o la curiosidad la habrÃa traÃdo —dijo Ana—. Creo que esta visitante es la señorita Cornelia.