Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Yo tengo bastante carácter —dijo Ana con un suspiro.
—Está bien que lo tenga, querida. Asà no correrá tanto peligro de que la pisoteen, ¡créame! ¡Caramba, qué flores está dando esa planta! Su jardÃn se ve muy bien. La pobre Elizabeth siempre lo cuidaba tanto…
—A mà me encanta —dijo Ana—. Me alegra de que esté tan lleno de flores vetustas. Hablando del jardÃn, necesitamos un hombre que acondicione el trozo de tierra que hay detrás de los abetos para plantar fresas. Gilbert está tan ocupado que no tendrá tiempo en todo el otoño. ¿Conoce a alguien?
—Bien, Henry Hammond, de Glen, hace ese tipo de trabajos. Supongo que servirá. Siempre está mucho más atento a lo que le van a pagar que al trabajo, tÃpico de los hombres, y es tan lento de entendederas que se queda quieto cinco minutos antes de darse cuenta de que ya ha terminado. Su padre le tiró un pedazo de madera cuando era chico. Bonito misil, ¿no? ¡TÃpico de los hombres! Claro que el muchachito jamás se recuperó. Pero es el único que puedo recomendar. Me pintó la casa la primavera pasada. Ha quedado muy bien, ¿no le parece?
A Ana la salvó el reloj, que dio las cinco.
—Señor, ¿tan tarde es? —exclamó la señorita Cornelia—. Cómo pasa el tiempo cuando una lo está pasando bien. Bueno, debo regresar a casa.