Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —¡De ninguna manera! Va a quedarse a tomar el té con nosotros —dijo Ana con entusiasmo.
—¿Me está invitando porque piensa que debe hacerlo o porque de verdad quiere que me quede? —preguntó la señorita Cornelia.
—Porque de verdad quiero que se quede.
—Entonces me quedaré. Usted pertenece a la raza que conoce a José.
—Sé que vamos a ser amigas —dijo Ana, con la risa que sólo conocÃan sus amigos del alma.
—SÃ, lo seremos, querida. Gracias al cielo, podemos elegir a los amigos. A los parientes hay que aceptarlos como son y dar gracias si no hay pájaros de cuenta entre ellos. No es que yo tenga muchos, nada más cercano que primos segundos. Soy una persona solitaria, señora Blythe.
HabÃa un dejo de melancolÃa en la voz de la señorita Cornelia.
—Me gustarÃa que me llamara Ana —exclamó la joven en un impulso—. Me parece más hogareño. Todo el mundo, en Cuatro Vientos, sin contar a mi esposo, me llama señora Blythe y me hace sentir una extraña. ¿Sabe que su nombre es casi el nombre con el que yo soñaba cuando era niña? Odiaba «Ana» y me llamaba a mà misma «Cordelia» en mi imaginación.