Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —A mà me gusta Ana. Era el nombre de mi madre. En mi opinión, los nombres anticuados son los mejores y los más dulces. Si va a preparar el té, puede mandar al joven doctor a charlar conmigo. Ha estado recostado en el sofá en ese consultorio desde que llegué, muriéndose de risa con cada cosa que he dicho.
—¿Cómo lo sabe? —exclamó Ana, demasiado estupefacta ante esta demostración de sobrenatural premonición por parte de la señorita Cornelia como para aventurar ninguna amable negativa.
—Lo vi sentado a su lado cuando venÃa hacia aquÃ, y yo conozco los trucos de los hombres —replicó la señorita Cornelia—. Ya está, ya terminé el vestidito, querida, el octavo hijo puede venir cuando quiera.