Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Esa casa del arroyo siempre parece tan solitaria —dijo Ana—. Nunca veo ninguna visita. Claro que la entrada se abre sobre la otra parte del camino, pero no creo que haya mucho movimiento. Me parece extraño que no hayamos conocido a los Moore todavÃa, cuando viven a quince minutos de nosotros. Tal vez los haya visto en la iglesia, claro, pero como no los conozco… Lamento que sean tan poco sociables, dado que son nuestros únicos vecinos cercanos.
—Evidentemente no pertenecen a la raza que conoce a José —dijo Gilbert, riendo—. ¿No averiguaste quién era la muchacha que te pareció tan hermosa?
—No. Por alguna razón, nunca me acuerdo de preguntar por ella. Pero no la he visto en ningún lado, asà que supongo que serÃa una forastera. Ah, el sol acaba de ponerse… y ahà está el faro.
A medida que se acentuaba el crepúsculo, el gran fanal del faro cortaba franjas de luz a través de él, barriendo en un cÃrculo los campos y el puerto, el banco de arena y el golfo.
—Me siento como si pudiera atraparme y arrastrarme leguas mar adentro —dijo Ana cuando un rayo de luz los envolvió en su resplandor, y se sintió aliviada cuando estuvieron tan cerca de la punta que quedaron dentro del campo de acción de aquellos resplandecientes destellos.