Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Por fin, una tarde Ana y Gilbert caminaron hasta el faro de Cuatro Vientos. El día había comenzado sombrío, con nubes grises y niebla, pero terminó en una pompa de escarlata y oro. Por encima de las colinas occidentales, detrás del puerto, había profundidades ámbar y superficies cristalinas, con el fuego del ocaso abajo. Al norte había un cielo lleno de nubéculas de un intenso dorado. La luz roja resplandecía sobre las velas blancas de un barco que se deslizaba por el canal, rumbo a un puerto sureño, en una tierra de palmeras. Más allá del barco, la luz se reflejaba en las caras resplandecientes, blancas y desnudas de las dunas y las enrojecía. Hacia la derecha, la luz caía sobre la vieja casa entre los sauces, arroyo arriba, y le dio, por una fracción de segundo, ventanas más espléndidas que las de una catedral. Éstas destellaron, salidas de su quietud y su gris destino como los palpitantes y vitales pensamientos de un alma apasionada aprisionada en el tedioso caparazón de su entorno.