El Valle del Arco Iris

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—¡Es algo increíble! —dijo—. Encontraron a la señora Wiley muerta en su cama la mañana siguiente a la fuga de Mary. Hace años que tenía problemas de corazón y el doctor le había advertido que podría sucederle en cualquier momento. Le había dado el día libre a su empleado y no había nadie en la casa. Algunos vecinos la encontraron al otro día. Les extrañó que no estuviera la niña, parece, pero supusieron que la señora Wiley se la había mandado a su prima de Charlottetown, como había dicho que iba a hacer. La prima no fue al funeral y nadie se enteró de que Mary no estaba con ella. Las personas con las que Marshall habló le dijeron algunas cosas sobre cómo trataba la señora Wiley a Mary que, según me dijo él, le hicieron hervir la sangre. ¿Sabes? Marshall pierde los estribos cuando se entera de que alguien maltrata a una criatura. Dicen que la azotaba sin lástima por la menor falta o error. Algunos pensaron en escribir a las autoridades del asilo, pero los asuntos de muchos no son asuntos de nadie y nunca nadie hizo nada.

—Lamento que la Wiley ésa se haya muerto —gruñó Susan con ferocidad—. Me habría gustado ir al otro lado del puerto y cantarle las cuarenta. ¡Matar de hambre a una criatura, y pegarle, mi querida señora! Como usted sabe, yo estoy de acuerdo con unos buenos azotes, pero no voy más allá. ¿Y ahora qué va a ser de esa pobre niña, señora de Marshall Elliott?


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