El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Cuando la señorita Cornelia se hubo ido, Nan Blythe se incorporó de la hamaca donde había estado estudiando sus lecciones y se escabulló hacia el Valle del Arco Iris. Los otros ya estaban allí. Jem y Jerry jugaban al tejo con herraduras viejas prestadas por el herrero de Glen. Carl acechaba a las hormigas en una colina soleada. Walter, acostado boca abajo entre los helechos, leía en voz alta para Mary, Di, Faith y Una de un maravilloso libro de mitología donde había historias fascinantes sobre el preste Juan y el Judío Errante, varitas mágicas y hombres con rabo, sobre Schamir, el gusano que partía rocas y abría el camino hacia un tesoro de oro; sobre las Islas de la Fortuna y sobre las doncellas-cisne. Para Walter fue una gran conmoción enterarse de que Guillermo Tell y Gelert también eran mitos, y la historia del obispo Hatto lo mantendría despierto toda esa noche, pero las que más le gustaban eran las historias del Flautista de Hammelin y del Santo Grial. Las leyó extasiado mientras los cascabeles de los árboles enamorados tintineaban agitados por el viento de verano y la frescura de las sombras del atardecer se apoderaba del valle.
—Decidme, ¿no son mentiras interesantes? —comentó Mary, llena de admiración cuando Walter cerró el libro.
—No son mentiras —protestó Di, indignada.