El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris El mar neblinoso lamía con suavidad la arena. Tres grandes botes se movían sobre el agua como grandes gaviotas blancas. Una goleta entraba por el canal. El mundo de Cuatro Vientos estaba sumido en un color resplandeciente, en una música sutil, en un extraño encanto, y todos debían de ser felices en ese entorno. Pero cuando Una llegó al portón de la señorita Cornelia sus piernas casi se negaban a sostenerla.
La señorita Cornelia estaba sola en la galería. Una había abrigado la esperanza de que estuviera el señor Elliott en la casa. Era tan grande, cordial y vivaz que ella se sentiría alentada por su sola presencia. Se sentó en el banquito que trajo la señorita Cornelia y trató de comer el bizcocho que le dio. Se le atascó en la garganta, pero tragó con desesperación, temiendo que la señorita Cornelia se ofendiera. No podía hablar; seguía muy pálida y sus grandes ojos azules miraban con tanta tristeza que la señorita Cornelia llegó a la conclusión de que la niña tenía algún problema.
—¿En qué piensas, pequeña? —preguntó—. Algo te pasa, eso es evidente.
Una tragó el último pedacito de bizcocho con desesperación.
—Señora Elliott, ¿no le gustaría quedarse con Mary Vance? —preguntó, implorante.
La señorita Cornelia se quedó mirándola.