El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —¡Ja! Eso he oÃdo decir. También he oÃdo que dice palabras feas. ¿Es cierto?
—Yo nunca la he oÃdo decir palabras feas… exactamente —balbuceó Una, incómoda—. Pero me temo que puede.
—¡Te creo! ¿Dice siempre la verdad?
—Creo que sÃ, menos cuando tiene miedo de que la azoten.
—¡Y a pesar de eso tú quieres que yo me quede con ella!
—Alguien tiene que quedarse con ella —dijo Una, sollozando—. Alguien tiene que cuidarla, señora Elliott.
—Eso es cierto. Tal vez sea mi deber hacerlo —dijo la señorita Cornelia con un suspiro—. Bien, tendré que hablarlo con el señor Elliott. Asà que todavÃa no digas nada. Cómete otro bizcocho, criatura.
Una lo cogió y se lo comió con mejor apetito.
—A mà me gustan mucho los bizcochos —confesó—. La tÃa Martha nunca nos hace. Pero la señorita Susan, de Ingleside, sÃ, y a veces nos da un plato lleno para que lo llevemos al Valle del Arco Iris. ¿Sabe lo que hago cuando tengo ganas de comer bizcochos y no hay, señora Elliott?
—No, querida. ¿Qué haces?