El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Había un arroyo frío y cristalino que nunca dejaba de correr en un claro resguardado por abedules del Valle del Arco Iris, en el extremo más bajo, cerca del pantano. Pocos conocían su existencia. Los niños de la rectoría y de Ingleside lo conocían, por supuesto, como conocían todo lo relativo al valle mágico. En ocasiones iban allí a beber agua y figuraba en muchos de sus juegos como la fuente de alguna antigua historia. Ana lo conocía y lo adoraba porque, en cierto modo, le recordaba la Burbuja de la Dríada de Tejas Verdes. Rosemary West lo conocía; también para ella era la fuente de una antigua historia. Hacía dieciocho años había estado sentada junto a él un atardecer de primavera oyendo a Martin Crawford tartamudear una confesión de ferviente amor adolescente. Ella había susurrado su propio secreto, se habían besado y, junto al arroyo, habían prometido quererse siempre. Nunca más habían vuelto a estar allí: poco después, Martin había zarpado en su viaje fatal. Pero para Rosemary West siempre fue un lugar sagrado, santificado por aquella hora inmortal de juventud y amor. Cada vez que pasaba cerca de él se acercaba para mantener una cita secreta con un viejo sueño, un sueño del cual hacía tiempo que se había ido el dolor para dejar sólo su inolvidable dulzura. El arroyo estaba oculto. Se podía pasar a veinte metros de él sin sospechar su existencia. Dos generaciones atrás, un pino inmenso había caído casi atravesándolo. Del árbol no quedaba más que el tronco descascarado, donde crecían frondosos helechos, formando así un techo verde y una manta de encaje para el agua. Junto a él se erguía un arce con un tronco curiosamente retorcido y nudoso, que reptaba por el suelo un trecho antes de elevarse por los aires, formando un bonito asiento. Y septiembre había arrojado un chal de pálidos asteres azul humo alrededor del claro.
