El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris La muchacha iba sin sombrero y sus cabellos dorados, cabellos de un oro cálido, color «caramelo de melaza», como había dicho Di Blythe, estaban sujetos en rizos por encima de la cabeza. Tenía grandes y tranquilos ojos azules que siempre parecían afables, una frente blanca y alta y un rostro de facciones delicadas. Siempre se había definido a Rosemary West como «una mujer dulce». Era tan dulce que ni siquiera su aire majestuoso y aristocrático le había dado jamás fama de presumida, lo cual habría sido inevitable en el caso de cualquier otra persona de Glen St. Mary. La vida le había enseñado a ser valiente, a ser paciente, a amar y a perdonar. Había visto cómo el barco que se llevaba a su amado zarpaba del Puerto de Cuatro Vientos hacia el ocaso. Pero, aunque miró durante mucho tiempo, nunca lo había visto regresar. Aquella vigilia le robó la infancia de la mirada y, sin embargo, mantuvo la juventud de una manera maravillosa. Tal vez fuera porque parecía preservar siempre esa actitud de fascinado asombro hacia la vida que la mayoría de nosotros deja olvidada en la infancia, una actitud que no solamente hacía que uno viera joven a Rosemary misma sino que derramaba una agradable ilusión de juventud sobre la conciencia de todos los que hablaran con ella.