El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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John Meredith se sobresaltó por su belleza y Rosemary por su presencia. Nunca pensó encontrar a nadie en aquel lejano arroyo y menos aún al ermitaño de la rectoría de Glen St. Mary. Casi dejó caer todos los libros que se llevaba a su casa de la biblioteca de Glen y entonces, para disimular su confusión, dijo una de esas mentirijillas que hasta las mujeres más buenas dicen a veces.

—Vine… vine a beber un trago de agua —tartamudeó, en respuesta al serio «Buenas noches, señorita West» del señor Meredith. Se sintió una idiota imperdonable y habría querido irse. Pero John Meredith no era un hombre vano y sabía que probablemente ella se habría sobresaltado del mismo modo de haberse encontrado con el vicario Clow en las mismas circunstancias. Su confusión lo tranquilizó y olvidó la timidez. Además, hasta los hombres más tímidos pueden a veces ser audaces a la luz de la luna.

—Permítame que le consiga una taza —dijo, sonriendo. Había una taza cerca, si bien él lo ignoraba, una taza azul cascada y sin asa escondida bajo el arce por los niños del Valle del Arco Iris; pero él no lo sabía, de modo que fue hasta uno de los abedules y arrancó un pedacito de corteza. Con habilidad la dobló, haciendo una taza triangular, la llenó con agua del arroyo y se la tendió a Rosemary.


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