El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Adam retrocedió. Era un gallo prudente y la señora Davis había retorcido el cuello a tantos gallos con sus propias manos en el curso de sus cincuenta años, que el aura del verdugo parecía circundarla. Adam atravesó el vestíbulo cuando entraba el pastor.
El señor Meredith seguía en bata y pantuflas y los oscuros cabellos le caían en rizos despeinados sobre la ancha frente. Pero se lo veía como el caballero que era y la señora Davis, con su vestido de seda y gorro de plumas, sus guantes de cabritilla y cadena de oro, parecía lo que era: una mujer vulgar y de espíritu tosco. Cada uno sintió el antagonismo de la personalidad del otro. El señor Meredith se encogió, pero la señora Davis se aprestó para la acción. Había ido a la rectoría a proponerle un asunto concreto al pastor y no tenía intención de perder ni un segundo. Iba a hacerle un favor, un gran favor, y cuanto antes lo supiera, mejor. Ella lo había estado pensando todo el verano y al fin había llegado a una decisión. Eso era todo lo que importaba, pensó. Cuando ella decidía algo, era cosa hecha. Nadie más tenía opinión al respecto. Ésa había sido siempre su actitud. Cuando decidió casarse con Alee Davis se casó con él, y eso fue todo. Alee nunca supo cómo había ocurrido, pero ¿qué importaba? Sería igual en ese caso; la señora Davis había arreglado todo a su propia satisfacción. Ahora sólo restaba informar al señor Meredith.