El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris ¡Qué habitación tan vergonzosa! No había cortinas en las ventanas. La señora Davis no sabía que Faith y Una las habían quitado el día anterior para usarlas como colas de trajes cortesanos en uno de sus juegos y habían olvidado volver a colocarlas, pero no habría acusado con mayor furor a las cortinas de haberlo sabido. Las persianas estaban rotas y desvencijadas.
Los cuadros de las paredes estaban torcidos; las alfombras, arrugadas; los floreros, llenos de flores marchitas; el polvo abundaba, literalmente abundaba.
—¿Adónde estamos llegando? —se preguntó a sí misma la señora Davis, y luego apretó los labios de su fea boca.
Jerry y Carl estaban gritando y tirándose por la barandilla de la escalera cuando ella llegó a la sala. No la vieron y continuaron gritando y deslizándose, y la señora Davis estaba convencida de que lo hacían a propósito. El gallo mascota de Faith deambulaba por el vestíbulo, se paró en la puerta de la sala y la miró. Como no le gustó lo que veía, no se animó a entrar. La señora Davis exhaló una interjección despectiva. Bonita rectoría, en efecto, donde los gallos se paseaban por las habitaciones y miraban desvergonzadamente a la gente.
—¡Fuera! —ordenó la señora Davis, amenazándolo con su sombrilla de seda llena de volantes.