El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —¡Ya basta, mujer! —exclamó el señor Meredith. Se puso en pie y miró a la señora Davis con ojos que la hicieron estremecerse—. Ya basta —repitió—. No quiero oÃrla más, señora Davis. Ya ha hablado demasiado. Puede ser que haya sido negligente en algunos de mis deberes como padre, pero no le corresponde a usted recordármelo con términos como los que ha usado. Le deseo muy buenas tardes.
La señora Davis no dijo nada ni la mitad de amable que buenas tardes sino que se fue. En el momento en que pasaba junto al pastor, un sapo grande y gordo que Carl habÃa escondido debajo del diván saltó casi a sus pies. La señora dio un alarido y, al tratar de no pisar aquella cosa asquerosa, perdió el equilibrio y la sombrilla. No se cayó, exactamente, pero trastabilló y patinó por la habitación de una manera muy poco digna y acabó tropezando con la puerta, dándole un golpe que la hizo estremecerse de arriba abajo. El señor Meredith, que no habÃa visto al sapo, se preguntó si le habÃa dado alguna especie de ataque de apoplejÃa o de parálisis, y corrió alarmado a ayudarla. Pero la señora Davis, recuperándose, lo apartó furiosa.
—¡No ose tocarme! —casi gritó—. Éstas son más hazañas de sus hijos, supongo. Éste no es un lugar apropiado para una mujer decente. Deme mi sombrilla, que me voy. Jamás volveré a cruzar el umbral de su rectorÃa ni de su iglesia.