El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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La desilusión enfadó a la señora Davis hasta el punto de no poder controlarse. Su cara ancha y coloradota se puso púrpura y le tembló la voz.

—Pensaba que le alegraría tener la posibilidad de que me la llevara —manifestó con desdén.

—¿Y por qué ha pensado eso? —preguntó el señor Meredith con calma.

—Porque a nadie se le ocurre que a usted le importen sus hijos —replicó la señora Davis despectivamente—. Es un escándalo cómo los descuida. No se habla de otra cosa en este pueblo. Andan mal comidos y mal vestidos y no tienen ninguna educación. Tienen los modales de un montón de indios salvajes. Usted no piensa en su deber como padre. Deja que una niña huérfana venga aquí y se instale durante dos semanas sin ni siquiera reparar en ella, una niña que hablaba como un carretero, según me contaron. A usted no le habría importado si les hubiera contagiado el sarampión. ¡Y Faith, poniéndose en evidencia al levantarse en medio del sermón para decir su discurso! O montando un cerdo por la calle; y ante sus propios ojos, si no me equivoco. Es increíble cómo actúan y usted no mueve un dedo para impedirles nada ni para tratar de enseñarles nada. Y ahora, cuando le ofrezco a uno de sus hijos un buen hogar y buenas posibilidades de futuro, se niega y me insulta. ¡Bonito padre, usted, hablando de querer y cuidar a sus hijos!


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