El Valle del Arco Iris

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Ésas habían sido casi sus últimas palabras, excepto otras, inolvidables, sólo para él. Y era esa niña a la que la señora Davis, con toda frialdad, anunciaba que se llevaría. Se sentó muy erguido en la silla y miró a la señora Davis. A pesar de la bata gastada y las pantuflas muy usadas, había algo en él que hizo que la señora Davis sintiera un poco de la antigua reverencia por «los hábitos» según la cual la habían educado. Después de todo, había algo de divinidad en un pastor, aunque se tratara de un pastor pobre, nada mundano y distraído.

—Le agradezco su amable intención, señora Davis —dijo el señor Meredith con una cortesía gentil y definitiva—, pero no puedo regalarle a mi hija.

La señora Davis lo miró azorada. En ningún momento se le había ocurrido que él se negaría.

—Pero, señor Meredith —dijo con asombro—. Usted tiene que estar lo… no puede decirlo en serio. Tiene que pensarlo… piense en las ventajas que yo puedo darle a la niña.

—No hay ninguna necesidad de pensar nada, señora Davis. Está absolutamente fuera de la cuestión. Todas las ventajas mundanas que está en su poder otorgarle no podrían compensar la pérdida del amor y el cuidado de un padre. Le doy otra vez las gracias, pero no hay nada que pensar.


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