El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris En ese punto de la conversación el señor Meredith estaba completamente despierto. Había un ligero color en sus mejillas pálidas y una luz peligrosa en sus hermosos ojos oscuros. Aquella mujer, cuya vulgaridad y sentido de la importancia del dinero le salían por los poros, realmente estaba pidiéndole que le regalara a Una, a su querida y melancólica, a su pequeña Una, con sus ojos azul oscuro, iguales a los de Cecilia, la niña a quien la madre moribunda apretó contra su corazón cuando sacaron a los otros niños llorando de la habitación. Cecilia se había aferrado a su bebé hasta que los portones de la muerte se cerraron y las separaron para siempre. Había mirado a su esposo por encima de la cabecita oscura de la niña.
«Cuídala mucho, John —había rogado—. Es tan pequeña y tan sensible. Los otros podrán abrirse camino, pero a ella el mundo la lastimará. Ay, John, no sé qué vais a hacer. Vosotros dos me necesitáis tanto. Pero mantenla cerca de ti, mantenla cerca de ti».