El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Yo, cuando pasé junto al cuerpo, dije: «pobre mujer, espero que seas tan feliz como pareces» —murmuró Susan con un suspiro—. Estaba casi igual. El vestido que le pusieron era aquél de satén negro que se compró para la boda de la hija hace catorce años. En aquel entonces su tÃa le dijo que lo guardara para su funeral, pero Myra rió y dijo: «Puede ser que me lo ponga para mi funeral, tiÃta, pero antes voy a disfrutarlo bien». Y puedo decir que asà fue. Myra Murray no era mujer de ir a su propio funeral antes de morirse. Muchas veces después de aquella conversación, cuando la veÃa divirtiéndose con amigos, pensaba para mis adentros: «Eres una hermosa mujer, Myra Murray, y ese vestido te sienta bien, pero es probable que al final sea tu mortaja». Y ya ve que mis palabras se hicieron realidad, señora de Marshall Elliott.
Susan volvió a exhalar un profundo suspiro. Lo estaba pasando muy bien. Un funeral era un delicioso tema de conversación.
—A mà siempre me gustaba encontrarme con Myra —dijo la señorita Cornelia—. Siempre estaba tan contenta y de tan buen humor que sólo con estrecharle la mano te sentÃas mejor. Myra siempre veÃa el lado bueno de las cosas.