El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Cuando vuelva a ver a Myra Murray —expresó Ana—, quiero verla venir hacia mÃ, activa y riendo, como siempre la vi aquà abajo.
—Ay, mi querida señora —dijo Susan, impresionada—, ¿usted no pensará que Myra estará riéndose en el mundo por venir?
—¿Por qué no, Susan? ¿Usted piensa que estará llorando?
—No, no, mi querida señora, no me malinterprete. Yo no creo que vayamos a reÃr ni a llorar.
—¿Entonces?
—Bueno —dijo Susan, acorralada—, es mi opinión, mi querida señora, que estaremos solemnes y sagrados.
—¿Y usted realmente piensa —dijo Ana, lo suficientemente solemne— que Myra Murray o yo podrÃamos estar solemnes y sagradas siempre… todo el tiempo, Susan?
—Bueno —admitió Susan con desgana—, podrÃa aventurarme a decir que tendrÃan que sonreÃr de vez en cuando, pero no admitiré que habrá risas en el cielo. La idea me parece irreverente, mi querida señora.