El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Extrañaremos mucho a Myra en la iglesia —se lamentó la señorita Cornelia—. ¡Trabajaba tanto! No habÃa nada que la acobardara. Y si no podÃa superar una dificultad, daba un rodeo, y si no podÃa dar un rodeo, hacÃa cuenta que la dificultad no existÃa, y por lo general funcionaba. «No bajaré los brazos hasta el final de mi camino», me dijo una vez. Bien, el final de su camino ha llegado.
—¿Le parece? —preguntó Ana, de retorno del paÃs de los sueños—. Yo no me imagino que haya llegado al final de su camino. ¿Se la imaginan sentada y entrelazando las manos, con ese ávido e inquisitivo espÃritu suyo, con su afán de aventuras? No, yo creo que la muerte abrió un portón y se encaminó hacia… hacia nuevas y resplandecientes aventuras en lugares celestiales.
—Tal vez… tal vez —asintió la señorita Cornelia—. ¿Sabes, Ana querida?, a mà nunca me gustó demasiado esa doctrina del descanso eterno, aunque espero que no sea una herejÃa decirlo. Yo en el cielo quiero trabajar igual que aquÃ. Y espero que haya un sustituto celestial para los pasteles y los bizcochos, algo que se pueda hacer. Claro que a veces uno se cansa mucho y cuanto más vieja eres más te cansas. Pero hasta el más cansado tendrá tiempo de descansar en la eternidad, digo yo. Con excepción, tal vez, de un hombre perezoso.