El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —No, pero me tiré al suelo y gemà —admitió Walter—. Entonces vinieron las chicas y Nan me puso pimienta de cayena; fue peor, y Di me hizo hacer gárgaras con agua frÃa, pero no pude aguantar, asà que llamaron a Susan. Susan dijo que me lo tenÃa bien merecido por haberme quedado en la buhardilla frÃa ayer escribiendo esa porquerÃa de poesÃa. Pero prendió el fuego de la cocina y me trajo agua caliente, y eso me calmó el dolor. Apenas me sentà mejor, le dije a Susan que mi poesÃa no era ninguna porquerÃa y que ella no era quién para juzgarla. Y ella dijo que no, que gracias al cielo no lo era ni sabÃa nada de poesÃa, salvo que era un montón de mentiras. Pero tú sabes, Faith, que no es cierto. Ésa es una de las razones por las que me gusta escribir poesÃa: se pueden decir muchas cosas que son ciertas en poesÃa pero no lo serÃan en prosa. Se lo dije a Susan, pero ella me dijo que me dejara de charlar y me durmiera antes de que se enfriara el agua, que si no, me iba a dejar, a ver si los versos me curaban el dolor de muelas, y que ojalá me sirviera de lección.
—¿Por qué no vas al dentista de Lowbridge para que te saque la muela?
Walter volvió a estremecerse.
—Quieren que vaya, pero no puedo. Me dolerá mucho.
—¿Le tienes miedo a un poquito de dolor? —preguntó Faith, despectiva. Walter se ruborizó.