El Valle del Arco Iris

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Al final del largo camino llegó a la casa, que era grande y anticuada, con una hilera de marciales pinos de Lombardía a un lado. En la galería de la parte de atrás estaba sentado el mismísimo Norman Douglas leyendo el periódico. Su perrazo estaba a su lado. Atrás, en la cocina, donde el ama de llaves, la señora Wilson, preparaba la comida, había mucho ruido de platos y ollas, ruido airado, pues Norman Douglas acababa de discutir con la señora Wilson y los dos estaban muy malhumorados. De ahí que, cuando Faith llegó a la galería y Norman Douglas bajó el periódico, ella se encontró con la mirada colérica de un hombre irritado.

Norman Douglas era un personaje bastante agradable, en su estilo. Tenía una larga barba roja sobre el amplio pecho y abundantes cabellos rojos, no desteñidos por los años, en la gran cabeza. No había arrugas en su frente amplia y blanca y los ojos azules aún relampagueaban con todo el fuego de su tempestuosa juventud. Podía ser muy afable cuando quería y podía ser terrible. La pobre Faith, tan desesperada por revertir la situación referida a la iglesia, lo había encontrado en uno de sus momentos malos.




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