El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —La mejor mermelada de ciruelas del mundo —dijo Norman, llenando un gran plato y poniéndoselo enfrente a Faith—. Me alegra que te guste. Te daré un par de frascos para que los lleves a tu casa. Yo no tengo nada de mezquino, nunca lo fui. El diablo no me atrapará por ese lado. No fue culpa mÃa que Hester no tuviera un sombrero nuevo en tantos años. Fue culpa suya. Ahorraba en sombreros para juntar dinero y dárselo a los amarillos de la China. Yo nunca di un centavo para las misiones en mi vida, y nunca lo daré. ¡Nunca intentes convencerme! Cien por año para el sueldo y a la iglesia una vez por mes, ¡pero nada de estropear a buenos paganos para hacer malos cristianos! Caramba, niña, no van a servir ni para el cielo ni para el infierno, inutilizados para cualquiera de los dos lugares, inutilizados. Eh, Wilson, ¿todavÃa no encontraste una sonrisa para ponerte? ¡Me maravilla cómo las mujeres pueden vivir enfurruñadas! Yo nunca me enfurruño, lo mÃo es una explosión con relámpagos y truenos, y después… ¡puff!, pasa la borrasca y sale el sol y se puede comer de mi mano.
Norman insistió en llevar a Faith a su casa después de comer y llenó el coche con manzanas, coles, patatas y tarros de mermelada.
—Hay un gatito precioso en el granero. Te lo daré también si te gusta. Di que sà y es tuyo —prometió.