El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —No, gracias —dijo Faith, decidida—. No me gustan los gatos. Además, tengo un gallo.
—Escuchadla. No se puede mimar a un gallo como se mima a un gatito. ¿A quién se le ocurre tener un gallo de mascota? Mejor llévate el gatito… Quiero encontrar una buena casa para él.
—No. La tÃa Martha tiene un gato que matarÃa a un gatito extraño.
Norman se rindió bastante a desgana ante el último argumento. Le regaló a Faith un emocionante viaje de regreso, detrás de su bravo caballito de dos años, y cuando la dejó a la puerta de la cocina de la rectorÃa y descargó la carga en la galerÃa de atrás, se fue gritando:
—¡Una vez al mes… sólo una vez al mes, atención!
Faith se fue a la cama sintiéndose un poco mareada y sin aliento, como si acabara de escapar del abrazo de un jovial remolino de viento. Estaba contenta y agradecida. Ya no habÃa que temer que tuvieran que dejar Glen, el cementerio y el Valle del Arco Iris. Pero se quedó dormida preocupada por el desagradable recuerdo de que Dan Reese la habÃa llamado cerdita y que, ahora que habÃa encontrado un epÃteto tan insoportable, seguirÃa llamándola asà cada vez que se le presentara la oportunidad.