El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —A ese chico le está pasando algo por la cabeza, mi querida señora —dijo Susan—. No ha comido casi nada. ¿No estará tramando otro poema?
El pobre Walter estaba muy alejado en espÃritu del estelar reino de la poesÃa. Apoyó los codos en el alféizar de la ventana y posó la cabeza con desconsuelo en las manos.
—Ven, vamos a la costa, Walter —exclamó Jem, irrumpiendo en la habitación—. Los muchachos van a quemar los pastos de la colina esta noche. Papá dice que podemos ir. Vamos.
En otro momento, Walter habrÃa estado encantado. Le parecÃa gloriosa la quema de los pastos de la colina. Pero ahora se negó directamente a ir y no hubo argumento ni súplica que lo hiciera cambiar de idea. El decepcionado Jem, a quien no le hacÃa mucha gracia hacer solo el largo y oscuro camino hasta la Punta de Cuatro Vientos, se retiró a su museo en la buhardilla y se sumió en un libro. Pronto olvidó su decepción, regodeándose con los héroes de antaño y deteniéndose de tanto en tanto para imaginarse a sà mismo como un famoso general que llevaba a sus tropas a la victoria en algún gran campo de batalla.